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Geranios y otras flores en Nueva York

Flannery O'Connor - El geranio


La vejez es una edad que carece de misterio, pero con todo sigue maravillándonos con cada anécdota que mana de ese espacio límite de la vida. Flannery O’Connor (1925 - 1964) escritora norteamericana del sur de Estados Unidos, nos entrega un cuento anclado en la cadencia de la vejez que vale la pena visitar otra vez.



El geranio es uno de los cuentos más famoso de O’Connor. Trata sobre un padre viudo y jubilado, el viejo Dudley, quien decide abandonar la pensión donde reside desde 1922 para marcharse a vivir donde su hija, en Nueva York, ciudad que es, por sobre todo, ajena a su mundo privado. Hasta aquí más de algún lector podrá empatizar. Esa idea de que mis hijos están lejos y mi vida debería estar cerca de ellos, en un sitio importante, es una práctica de lo más común y resulta ser una autotraición de lo más vil. Al viejo Dudley le alcanza la jubilación, tiene el respeto de las viejas de la pensión y sus amigos negros lo aprecian y acompañan en sus escapadas de cacería. Para la hija, en cambio, esto es una cuestión de deber a secas: “Su padre pasaba sus últimos años con su familia y no en una pensión de mala muerte, llena de viejas a las que les temblaba la cabeza”. Seguramente la pensión de su padre tendría muchos peros, sin embargo, al final, es el mundo hecho a la medida del viejo Dudley y no la caótica e inerte ciudad de Nueva York donde “era todo bullicio y actividad y al cabo de nada lo veías sucio y sin vida”.


Desde el comienzo vemos en Dudley el desarraigo del hombre mayor, los recuerdos se agolpan hasta darle vida a una narración que sucede más en la mente que en el realidad del personaje. El viejo Dudley rememora su tiempo en el asilo de ancianos con sus amigos, las conversaciones y salidas a cazar. Sus actividades hacían de sus días tranquilos toda una aventura que contrasta con la mortal quietud que le rodea en Nueva York. Todo este cuestionamiento lo vive mirando la maceta de geranios del edificio que da a su ventana. Mediante sus ojos vemos la dura crítica racial a sus vecinos y el desapego que tiene por la familia de su hija que no logra capturar su atención. Crítica tras crítica, el protagonista terminará por reafirmar que todo tiempo pasado fue mejor e, idea tras idea, reconocerá que no logra echar raíces en un nuevo escenario.


La ciudad de Nueva York se muestra como un lugar gris y sucio, receptor de toda la diversidad pero desprovisto de todo sentido comunitario. Este aspecto es el que critica el protagonista más duramente. Sueña con los largos corredores de un edificio infestado de gente que no conversa. La actitud de los vecinos la recibe de manera hostil y sus diferencias se agudizan en un miedo frente a la diversidad. Así, con todo esto, O’Connor nos regala comparaciones dignas de ilustrar nuestros pensamientos contemporáneos. Ejemplo de ello es la descripción del metro de Nueva York: “La gente salía de los trenes como hormigas, subían las escaleras y llegaban a las calles. Y dejaban las calles, bajaban las escaleras y se metían en los trenes: blancos, negros, amarillos, mezclados como verduras en la sopa. Aquello era un hormiguero”. Al viejo Dudley todo esto le provoca repulsión y, por sobre todo, suscita su pregunta: “para qué salía la gente de su casa”. La misma pregunta que uno podría hacerse con mayor énfasis en un contexto actual como el nuestro.


En cada recuerdo suscitado por esta flor paupérrima, y anhelante de un secuestro salvífico, el anciano descubre los recovecos de sus deseos frustrados, las críticas contra su hija y la soledad de quien siente que no pertenece a esa familia que ha construido su descendencia. Este rasgo captura nuestra atención, ya no es solo una idea que no ha dado raíces, más bien es el reconocimiento de cómo la tierra que ha cuidado a su alrededor, finalmente, no logra ser amable con el cuidador. Pero la tierra es solo tierra y el cuidador es hombre, y es este quien tiene la responsabilidad última sobre sus acciones. A veces olvidamos eso, no son las nuevas generaciones quienes han olvidado la importancia de la vejez, somos nosotros quienes en presente hemos descuidado la tierra donde luego iremos a descansar. El tiempo pasa más rápido que nuestros juicios.


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